TENERIFE NOIR NEROMA

NEROMA NOIR FESTIVAL, organiza, en colaboración con IL GIALLO MONDADORI y el FESTIVAL TENERIFE NOIR, un premio literario a la mejor historia de género negro, policíaco, detectives y suspense.

Premio Tenerife Noir NeRoma 2024

Autor Alberto Palacios Santos

EN LAS NOVELAS NEGRAS SIEMPRE LLUEVE

16 de septiembre. Jueves.

He viajado en el tren de las 20,45.

No tengo permiso para hablar del caso con nadie y, ni mucho menos, para escribir sobre este asunto, pero he pensado que quizás, algún día, alguien necesite leer estas notas.

Voy camino de la ciudad de S. hace días que la fiscalía de menores ha recibido unas denuncias que es necesario aclarar. No puedo comentar nada, a Ana solo le he dicho que tengo un caso. Sé que no soporta esto, que le gustaría que pidiera de una vez el traslado a oficinas, sabe que me han ofrecido un puesto en asuntos internos, pero también sabe cuánto me gusta mi trabajo. Gustar no es la palabra exacta, pero se le acerca.

Es de noche, hace rato que no se aprecian los túneles por los que pasamos. Estamos a punto de llegar.

17 de septiembre. Viernes.

He dormido a saltos. Estuve hablando con Ana hasta las dos de la madrugada, ha sido una conversación espesa, llena de palabras resbaladizas y con agujeros.

Ana no está segura de querer que vuelva a casa. Por la mañana me he despertado sobresaltado, no he encontrado un taxi libre y he tenido que correr hasta el juzgado para no llegar demasiado tarde. El fiscal es un hombre corpulento, no mucho mayor que yo, de gestos nerviosos, pero con una barba que le da serenidad. No ha mencionado mi retraso y me ha hablado con minuciosidad del caso, pero yo no estaba lo suficientemente despierto como para entenderlo. Me ha emplazado al lunes.

A mediodía he comido en un chino donde el pollo estaba demasiado dulce y las galletas de la suerte tenían demasiados adjetivos. He dado un paseo por el centro hasta que ha empezado a llover y he regresado al hotel.

Por la noche, ya en la cama, he vuelto a hablar con Ana. Me ha acabado colgando el teléfono. Me he vestido y he bajado al bar del hotel. No me he acostado hasta que han cerrado la barra.

18 de septiembre. Sábado.

Se ha pasado el día entero lloviendo. Por la mañana he bajado hasta el supermercado, he comprado avituallamiento y, después, he pasado la tarde viendo la tele y metiéndole mano a una botella de whisky escocés que estaba de oferta.

19 de septiembre. Domingo.

Me he levantado tarde y he estado repasando los papeles de la fiscalía. Una familia burguesa como cualquier otra familia burguesa, un esposo llamado Jaime Medina, gerente en una empresa constructora venida a menos y una esposa, Marta, dedicada a cuidar de su casa y de su hija adolescente.

Todo en apariencia normal.

Me he informado sobre la empresa, fue fundada por Eduardo T., el padre de Marta, en los años sesenta. Durante mucho tiempo trabajó para la administración, después se dedicó a construir grandes edificios por toda la ciudad, el hotel donde me alojo fue construido por la empresa de Eduardo T.

He salido a perderme por la ciudad y he acabado en un bar donde ponían música inglesa y norteamericana de los 60 y los 70. Me hubiera quedado a vivir allí, pero tenía que hablar con Ana, he salido y la he llamado. No me ha cogido el teléfono. Cuando he regresado al hotel hemos hablado durante más de media hora. Antes de colgar me ha llamado borracho.

20 de septiembre. Lunes.

He estado en el despacho del fiscal toda la mañana. Cuando he salido tenía un agujero en el estómago y otro en la conciencia.

Para ponerme en antecedentes el fiscal me ha enseñado fotografías que nadie debería ver nunca. He comido de nuevo en el chino, con apetito, pero con vergüenza. Por la tarde he vuelto al pub inglés que descubrí ayer, estaba cerrado. Odio los lunes. Por la noche no he llamado a Ana, pero cuando ya estaba acostado ha llamado ella, dice que me echa de menos pero que no quiere verme.

21 de septiembre. Martes.

Consigo levantarme pronto y comienzo a funcionar a primera hora. La urbanización donde vive la familia Medina fue construida por la empresa familiar en los años 80. Está a las afueras, es una zona muy verde y muy tranquila, a pesar de que una vía del tren pasa cerca y de que un poblado chabolista se adivina al fondo a la derecha, como los urinarios en una cafetería del centro.

Me paso la mañana dando vueltas, no calculo bien las distancias y a mediodía acabo agotado en un restaurante con nombre suramericano. Me siento y me atiende una camarera delgada y con flequillo, con acento de alguna provincia argentina del oeste del país, pruebo suerte. ¿Córdoba? ¿Salta? ¿Corrientes? No me decido hasta que me sirve el vino.

— ¿Eres de San Juan?

La camarera hace como que se sorprende, sonríe con la mitad izquierda de la boca y cambia de acento para responderme.

— Casi. Soy de Mendoza.

No se puede tener suerte siempre, a cambio la milanesa que me sirve está para chuparse los dedos y cuando le pregunto por la familia Medina no se hace la loca o la sorprendida, solo se marcha a la cocina con la media sonrisa y vuelve, sin apenas darme tiempo a extrañarla, con el dulce de leche del postre balanceándose en su mano izquierda. La camarera va y viene envuelta en un delantal blanco que la hace parecer un regalo preparado para desenvolver, y en medio, a la altura del pecho su nombre, Marcela, bordado en letras azules.

Marcela tiene esa edad indefinida de las treintañeras con pocos kilos y muchos kilómetros a sus espaldas, cuando se acerca la precede el olor infantil del dulce de leche.

Junto con el café, Marcela me sirve un par de comentarios neutros sobre los Medina, apenas una docena de palabras blancas como su delantal, después cambia de tema y me habla desapasionadamente de la Ruta Nacional 7 y de la cordillera de los Andes.

22 de septiembre. Miércoles.

Me ha despertado el teléfono. Ana ha vuelto a tener algo que decirme, no es nada nuevo ni definitivo, pero ha logrado ponerme mal cuerpo para todo el día. El fiscal me ha llamado justo después y no le he cogido el móvil. He desayunado pensando en Marcela y en su delantal.

En la urbanización por donde doy vueltas huele a verde igual que en mi barrio olía a la fábrica de abonos. El chalé donde vive la familia Medina está pintado en dos colores y las ventanas simulan la cara de un monstruo marino, o eso creo.

En una calle cercana al monstruo, en la parte alta de la urbanización, flanqueada por palmeras raquíticas, tiene su casa Sara T.

Sara es la hermana pequeña de Marta, la madre de la familia a la que investigamos, ella es la que ha puesto la denuncia en el juzgado y después de hablar con el fiscal este ha decidido que no es de fiar. Tengo que averiguar qué pasa por su cabeza.

Sara tiene treinta y cuatro años, una casa grande, un marido viejo y rico, uno de esos empresarios bien relacionados que viaja a menudo y que le permite a Sara disponer de mucho tiempo libre. Todos esos factores combinan mal en una mujer guapa e inquieta que ha pasado la barrera de los treinta así que, para no aburrirse, empezó a leer con la misma inercia con la que otros empiezan a beber, y de ahí pasó a escribir. Sara ha publicado cuatro novelitas de diversos colores, comenzó escribiendo dos novelas rosas que su marido se encargó de que publicara una editorial de la ciudad. Después, ante el éxito conseguido (llegaron a venderse veintiséis ejemplares en total), dio el salto a la novela negra, su verdadera vocación.

He hablado con Sara casi dos horas, durante la conversación me he dado cuenta de que tenía las uñas y las piernas demasiado largas para una escritora de novela negra. Ha sido una charla torpe y trabada que aún tengo que dejar reposar. Nuestra conversación parecía sacada del guion de una película mala, con réplicas poco creíbles y contrarréplicas forzadas.

23 de septiembre. Jueves.

Anoche estuve en el pub inglés, estaba animado y, desde que entré, la música me abrazó y me dejé llevar. Probé un whisky escocés que combinaba a la perfección con la música de Gram Parson y sentí un calor muy agradable. Cuando estaba más a gusto pensé en Ana y miré mi móvil, no tenía ningún mensaje ni ninguna llamada perdida, lo apagué por si acaso y me senté en un rincón. He estado más de una hora pensando en la conversación con Sara T. y en las piernas de Sara T, después he sacado mi agenda y he escrito unas cuantas notas sobre ella, me he alegrado cuando he visto que mañana, por hoy, tenía que volver a verla.

Sara me ha recibido con el pelo suelto, un pantalón ancho y una camiseta muy ajustada. Ha preparado el café con el mismo cuidado con el que un buen escritor construye la estructura de un asesinato. Apoyado en la encimera la he visto manipular la cafetera italiana como si manejara un revólver. No hemos dicho una sola palabra hasta que el café ha empezado a chillar.

Sara ha hablado de su hermana con un regusto que no sé si era rencor o pasión, ha repasado todos los tópicos de la infancia feliz y la unión fraternal hasta que ha desembocado donde quería, en su cuñado, Jaime Medina, un hombre frío, de carácter huraño, un antiguo empleado de su padre que persiguió a las dos hermanas hasta que las dos cayeron rendidas a sus pies.

Jaime consiguió todo lo que quería, la empresa y la hija mayor de Eduardo T, pero al parecer no estaba conforme.

24 de septiembre. Viernes.

A las ocho ya estaba en el despacho del fiscal, le he hablado de todo lo que había averiguado y se ha sorprendido de mis avances. Me ha felicitado varias veces y me ha recomendado un par de sitios para entretenerme este fin de semana. Yo le he dicho lo del pub inglés, lo conocía y hemos estado hablando durante mucho rato de grupos de música, para mi sorpresa el fiscal es un fanático de los Clash y los Sex Pistols.

Le he contado mis planes para la semana próxima y el fiscal punk me ha dado un par de consejos mientras entornaba sus ojillos. He salido de su despacho de buen humor y me he ido a comer al Rancho Argentino, el restaurante atendido por la chica con el acento más dulce de toda la ciudad.

El local estaba hasta arriba, la camarera ha hecho como que no me conocía, me ha situado en una mesita junto a los baños y me ha dejado la carta sin mirarme a los ojos. Ha tardado en servirme y solo ha sonreído cuando le he pedido un vaso de un buen Cabernet de Mendoza.

No sé qué tiene ese vino, pero después de la primera copa llegó la segunda y a partir de la tercera perdí la cuenta. Acunado por el Cabernet traté de llamar la atención de la camarera, pero no recordaba su nombre y, cuando lo recordé, olvidé lo que le iba a decir, por el contrario, he salido del restaurante con las ideas muy claras, lástima que después de echarme la siesta no recordaba cuáles eran ni sobre qué.

25 de septiembre. Sábado.

Ayer por la noche, después de la siesta, estuve hablando con Ana, no era un buen momento, con el Cabernet todavía circulando por mis venas, pero entendí muy bien lo que me dijo. Aprovechará mi ausencia para buscar un apartamento y trasladarse allí mientras ordena sus ideas, me recomienda que yo lo haga también. Le he dicho que sí a todo y cuando hemos terminado de hablar he corrido a la taza del váter y he vomitado el vino de Mendoza. Me dio rabia acabar así un día que había comenzado tan bien.

Por la mañana he vuelto a la urbanización verde, he deambulado por el parque y he visto a los críos jugar y a las madres jóvenes hablar con otras madres jóvenes, he sentido una especie de melancolía extraña, ese tipo de añoranza estúpida de cosas que no han sucedido y he pensado que era cosa de la resaca. Me he tomado un café cerca del chalé de la familia Medina y le he preguntado al camarero si los conocía, ha negado con la cabeza y me ha pedido el importe de la consumición antes de que terminara. He salido de allí como si fuera culpable de algo y he vuelto al hotel pasando por delante del Rancho que aún estaba cerrado.

He hecho tiempo dando vueltas por la manzana, he visto la parte trasera del restaurante, la puerta por la que sacan los cubos de basura, los extractores con chorretones de grasa y los restos de la noche desperdigados por un callejón donde alguien debiera pensar en poner unos cuantos gatos.

Después he visto entrar a mi camarera. Vestida de calle parecía más joven, o menos atractiva, no sé, creo que me he sentido defraudado o más tonto de lo normal y no he entrado. Por la noche he estado en el pub, hoy me he dado cuenta de que se llama Yelow Moon, sin duda ha sido un día de descubrimientos. He tomado varios vasos de whisky escocés, los necesarios hasta que he olvidado la conversación con Ana y la imagen de Marcela de paisano. La música de Los Doors y de Led Zeppelin me ha envuelto durante toda la noche en un duelo memorable.

26 de septiembre. Domingo.

El teléfono ha sonado pronto, muy pronto, yo debía estar soñando con algo poco confesable así que prefiero no escribirlo. Pensé que era Ana con algún ataque de ira o de melancolía, pero quien estaba al otro lado era Sara T. Tenía una voz demasiado grave y hablaba demasiado bajo, tardé en entender que quería verme esa misma mañana. Su marido estaba de viaje y ella no quería que nos viéramos en su casa, así que quedamos para almorzar.

Sara no suele salir a comer fuera así que fui yo el que propuso un restaurante, está claro que fuimos al Rancho Argentino.

Cuando he llegado al restaurante Sara ya estaba en nuestra mesa hablando con Marcela, las dos sonreían y a mí me dio una mala sensación, como de final desvelado o argumento roto. Cuando me senté la camarera me sonrió y me dio la carta sin dejar de mirarme a los ojos.

— El churrasco de hoy es excelente.

Yo hice caso a la recomendación, pero Sara pidió algo más ligero. Aceptó que compartiéramos una botella de tinto de Mendoza. A la segunda copa, después de hablar un rato sobre mí, escupió todo lo que tenía que decirme.

Al parecer Jaime, el marido de su hermana, se había presentado en su casa esa misma noche.

27 de septiembre. Lunes.

He pasado la mañana en mi habitación poniendo en orden mi cabeza. Los tres o cuatro whiskys escoceses que me tomé en el pub ayer por la noche no me han ayudado demasiado. Tampoco me ayudó la conversación con Sara.

Durante la comida apenas hablamos de su familia, alguna referencia a su hermana y a un viaje por Suramérica que hicieron juntas el año anterior a la boda de Marta con Jaime. Me dio la sensación de que sus recuerdos de juventud eran los de una mujer muy mayor, que hablaba de ella misma como si fuera otra persona.

Después de comer, Sara se ofreció a llevarme a mi hotel y fue en el bar donde me habló de la visita que le había hecho su cuñado.

— Jaime sabía que mi marido estaba fuera, también sabe que no me gusta que venga cuando él no está.

Al parecer hubo un tiempo en que a ella no le parecía mal que su cuñado la visitara cuando su marido estaba de viaje.

— Me pidió una copa y yo le pedí que se fuera, así que se la sirvió él mismo y me preguntó que por qué le había denunciado.

No podía creerme nada de lo que Sara me decía, pero traté de sacarle toda la información posible, fuera de la calidad que fuera.

— ¿La amenazó?

— Me dijo que me quería y que por eso no acababa conmigo en ese mismo momento.

— ¿Qué pasó después?

— Nada, me pidió que quitara la denuncia.

— ¿Y usted qué le dijo?

— Le dije que no pararé hasta que deje en paz a mi hermana y a mi sobrina.

— ¿Qué le hace pensar que su cuñado ha abusado de su sobrina?

— Ella me lo dijo.

— ¿La niña?

— Tiene dieciséis años, pero sí… la niña. ¿No ha leído los informes del fiscal, detective?

Sara pretendía comportarse como una femme fatal, desde luego sus piernas y sus labios daban el pego, no así sus ojos, demasiado vidriosos, y su voz demasiado resbaladiza después del vino del almuerzo y de la primera copa de ginebra. Cuando apuró el segundo gin tonic la conversación se hizo más espesa, Sara empezó a mezclar tiempos con recuerdos y sensaciones con lugares, me habló del miedo de su hermana y de su propio miedo, de su niñez en la casa de sus padres, de las largas vacaciones en la costa y de los viajes de su juventud, repitió más de diez veces que su marido pasa de los sesenta. Al finalizar la tarde Sara estaba tan borracha que tuve que llevarla yo mismo a su casa, aparcar su coche en su garaje y a ella en su cama.

Cuando la dejé pedí un taxi y fui directo al Yellow Moon. He pasado la noche bebiendo whisky y escuchando a los Stones. Ha habido un momento en el que casi he logrado ser feliz.

28 de septiembre. Martes.

Estoy seguro de que si no existieran las mujeres los casos policiales no durarían ni cuarenta y ocho horas. Yo llevo trece días en esta ciudad y me he dado cuenta de que estoy enredado en una tela de araña que ni se toca ni se huele, pero que no me deja avanzar, aunque me hagan creer lo contrario.

La primera en enredarme ha sido Ana, me ha llamado a la hora del desayuno para decirme que si algún día vuelvo a nuestra casa no me extrañe al encontrarme el piso vacío, al parecer ha encontrado un apartamento estupendo con vistas al futuro y ha decidido llevarse todos nuestros muebles.

— Al fin y al cabo — ha dicho después de una risita estúpida— todo el mobiliario nos lo regalaron mis padres.

No le he contestado, solo he pensado en que, cuando vuelva, me apetece comprar una cama muy ancha, y colocarla en el salón, y dormir durante días.

Durante la mañana Sara se ha dedicado a dejarme mensajes en el buzón de voz, en el primero se disculpaba por lo del domingo, en el segundo me culpaba a mí de lo sucedido y en el último me decía que tenía que enseñarme algo importante. Al parecer era tan importante que no le importaba que no estuviera su marido.

He pasado por su casa al mediodía, he llamado al timbre y ha tardado más de cinco minutos en salir, vestía toda de blanco y su perfume olía a algo fresco y dulce que no he sido capaz de averiguar. Hemos pasado al salón, sobre una mesa enorme de patas de madera con forma de columnas salomónicas había un sobre de tamaño folio, de donde ha sacado seis fotografías.

— Ahí tiene detective, para que empiece a creerme.

Enseguida la tela de araña me ha envuelto por completo, no había duda de lo que allí se veía, un hombre de unos cuarenta y pocos años al que no se le distinguía la cara sobre una chica menuda, una adolescente con el cuerpo de Leire Medina, la sobrina de Sara.

He pensado en que todas esas fotos acabarán en el álbum de los horrores del fiscal y he salido de la casa de Sara T. con una sensación que no puedo explicar con palabras, he corrido hasta el Rancho Argentino con la esperanza de encontrar a Marcela, pero hoy estaba de descanso. Marcela, su ausencia, ha sido la última tela de araña de hoy. Me he encontrado solo, con unas fotos vomitivas dentro de un sobre de tamaño folio paseando por la urbanización verde.

He vuelto al centro en autobús y he entrado en un bar en el que un camarero torpe, sin duda el reverso de Marcela, puso cara de tonto cuando le pedí un Cabernet. Al tercer whisky he empezado a ver las cosas con algo de claridad.

  • de septiembre. Miércoles.

Me he levantado temprano y me he dirigido al despacho del fiscal con el sobre de las fotos en la mano. Cuando estaba a dos calles de su oficina ha comenzado a llover y me he metido en un bar. He pensado en pedir un whisky escocés, pero me ha dado pereza ver la cara del camarero y he pedido un café solo.

— ¿Sigue pidiendo el café solo?

He tardado en darme cuenta de que se dirigían a mí, aquella voz no encajaba con aquel sitio ni, seguramente, con esta ciudad.

— Tiene que empezar a relacionarse más, salir por ahí, conocer alguna mujer, alguna que no sea Sara T.

Marcela estaba sentada a solo un metro, su voz era suave, pero había perdido el acento argentino, se dio cuenta de que estaba impresionado y siguió golpeándome.

— Siempre hay que pagar un precio alto por las malas compañías, detective.

Sara T. era la única persona que me llamaba detective. Fue lo primero que pude responder.

— Lo sé, detective, sé que solo ella le llama. Ahora también le llamo yo, ahora que aún es temprano y no está agarrado a una copa de Cabernet o a un vaso de whisky.

No he llegado a entrar en la oficina del fiscal, Marcela llevaba una chaqueta de punto, muy larga y muy negra, que se adaptaba a su cuerpo igual que el delantal blanco, tenía el pelo y la lengua sueltos y su mirada no recordaba en nada al dulce de leche.

Durante las horas centrales del día los hoteles son lugares extraños, un escenario demasiado irreal en el que uno puede acabar completamente perdido o salir a flote. La tarde de este miércoles yo, el hombre que era yo y que firmó la hoja de registro, descubrió varias cosas sobre lo que somos y lo que creemos ser.

30 de septiembre. Jueves.

Hay mujeres que tienen el poder de hacer que un hombre sea un pelele, las hay que pueden darle la vuelta a tu vida como a un calcetín y hay otras que son capaces de hacer que llueva para salvarte. Estoy seguro de que Marcela puede ser de los tres tipos.

Ayer por la tarde busqué en el cuerpo de Marcela una solución a aquel enigma, un punto final que me dejara en aquella ciudad pegado para siempre a sus pechos de adolescente o que me devolviera por fin a mi casa vacía.

Sin embargo, no fue hasta que salimos del hotel cuando me di cuenta de algunas cosas, cosas sencillas, como que el tiempo que estuvimos en la habitación no dejó de llover y cuando salimos las calles estaban completamente secas.

Durante la mañana he tratado de localizar al fiscal, tenía mucho que decirle, pero su teléfono estaba apagado y cuando he querido llegar a su oficina ya estaba cerrada.

He ido a comer al chino, pero ya no les quedaban adjetivos en las galletas de la suerte y me he visto obligado a pasar la tarde en un bar infame tomando whisky malo. Me he acostado con la sensación de que todo estaba resuelto.

31 de septiembre. Viernes.

A media noche me he despertado completamente despejado, con el corazón a mil he tratado de recoger mis cosas en silencio. He sabido con certeza que todo era mentira y he buscado inútilmente algo para beber.

Mientras metía mis cosas en la maleta me han asaltado mil y una evidencias.

He sido tan estúpido como para creer que a un fiscal le pueden gustar los Sex Pistols, me he tragado que Sara T. tenía un marido y he confundido a una camarera argentina con una chica de dieciséis años. Mi ingenuidad me ha hecho pensar que el encuentro con Marcela ha sido fortuito y que el hotel, construido también por Eduardo T, estaba allí para nosotros y que su cuerpo era para mí.

He tirado las fotos por el váter y he salido de mi hotel aturdido. No podré decir que no sabía que era una menor, solo soy un policía secreta que bebe y escribe demasiado. Ningún juez me creerá cuando le explique que las novelas no se hacen solas, que Sara T. es una escritora novata que no maneja bien los tiempos y que necesitaba de alguien como yo, un estúpido que le indicara qué camino debía tomar su último capítulo.

1 de octubre. Sábado.

Las estaciones de ferrocarril son un buen lugar para terminar una novela negra. Sara lo sabe y por eso me estaba esperando en el andén. Mi tren salía a las 7,30 y yo llevaba en la estación desde las 5 de la madrugada, cuando nos hemos encontrado yo ya llevaba tres cafés emparejados con tres copas de aguardiente, mi estómago estaba, por tanto, preparado para todo.

Sara llevaba una falda corta y unas botas altas que hacían sus piernas más largas aún. Me esperaba debajo de su paraguas.

— No ha estado mal ¿no? En muy pocas novelas el detective es el culpable.

Yo ni podía ni quería defenderme, por no saber ni me sabía el diálogo y nunca se me ha dado bien improvisar. Solo el miedo me empujó a decir algo.

— ¿Me vas a denunciar?

— ¿Denunciarte, detective? ¿Por quién me has tomado?

— ¿No te importa que me acostara con tu sobrina?

— Los escritores de novela negra debemos dejar la moral en el cajón de la ropa interior.

— ¿Lo has hecho para vengarte de Jaime o de mí?

Sara T. se ha reído y aquella risa no iba nada bien con la oscuridad de las siete de la mañana ni con la lluvia tibia de primeros de octubre.

— No has entendido nada detective, a mí no me interesa Jaime y tú, perdona, pero tampoco me interesas demasiado.

He cometido una última torpeza, una debilidad de esas que se pagan toda la vida, o toda la muerte.

— ¿Y Marcela?

— ¿Qué pasa con Marcela?

— ¿No la volveré a ver?

Sara ha vuelto a sonreír, después me ha besado en la mejilla y se ha marchado. Aquella última escena, todo el capítulo, estaba demasiado sobreactuado. Después de dar varios pasos se ha girado y me ha hablado.

— ¡Oye, detective! ¡Quizás pueda recuperarla para la siguiente novela!

El tren me ha sacado de la ciudad por una puerta trasera, he buscado a Sara con la mirada, pero ni ella ni yo estábamos ya allí.

Llueve con fuerza. La oscuridad del primer túnel me envuelve, tengo que dejar de escribir.

 

Sara T.