El escritor madrileño es finalista en el premio Ciudad de Santa Cruz en la IV edición de Tenerife Noir con su novela ‘Cuando gritan los muertos’

El escritor madrileño Paco Gómez Escribano afirma rotundamente: “me gustan los perdedores”. Le gustan los perdedores y las historias de perdedores y, cuando profundiza, dice que le gustan esas historias como lector y como escritor. “Debo de tener un sentido extraño de la justicia”, dice cuando se le pide una explicación por esta preferencia. Recuerda: “Cuando era pequeño, en las pelis del Oeste iba con los indios y luego, en la calle, mis amigos iban con la caballería. En las películas de gánsteres me gustaban más ellos que los agentes del FBI, tan peinaditos”.

En la literatura, esta inclinación se percibe en que, como lector, se decanta por Bukowski, entre otros. Como escritor, “cuando he ido profundizando en este oficio de escribir, me he dado cuenta de que me da mucho más juego literario un perdedor que un ganador”, apunta. Además, esta predilección le da un sentido a su visión del género negro: “Siempre se encuentran historias de perdedores, porque siempre hay pobres y ricos y mientras haya ese desequilibrio siempre se va a escribir novela negra; el género negro nunca puede pasar de moda a no ser que lleguemos a la utopía de que todos seamos felices y tengamos mucha pasta”, concluye.

Entre este gusto y el apego al barrio donde vivió su infancia y al que regresó para encontrar un paisaje humano y social desolado tras el paso de la heroína, lo extraño sería que los personajes de Gómez Escribano fueran de otro calado. “Hoy en día, por una gentrificación impresionante, el barrio ha cambiado. A veces afortunadamente y otras veces, desafortunadamente”, explica. Así es: El Cuqui y El Tente, protagonistas de su última novela, son un claro ejemplo de esos perdedores que le gustan; “aunque cuando caen siempre se levantan y hay que tener ojo con ellos”.

Hablamos de los personajes principales de Cuando gritan los muertos, con la que es finalista en el premio Ciudad de Santa Cruz en la IV edición de Tenerife Noir. El Cuqui es esquizofrénico y tiene amnesia. El Tente está cojo. Con ellos se juntan dos o tres más del barrio y forman “una panda al estilo de Berlanga”. El autor confiesa que las historias que narra rechinan a mucha gente, a la que no le es agradable este tipo de lecturas: “el gran público está acostumbrado otras cosas, más bien tipo bestseller; yo le echo bastante humor a la cosa porque a estas novelas, sin eso, serían para leerlas con un pañuelo en la mano”.

“Yo cuento lo que veo”, sentencia. Y lo que ve es la vida en un barrio del extrarradio de Madrid. “Estoy en el barrio y hago las novelas desde el punto de vista de los delincuentes o de perdedores que rozan la linde. En esta novela, son unos chicos que están en el barrio, que no tienen una esperanza y que ya solo aspiran a vivir tranquilos de sus trapicheos. Como suele pasar, el pasado vuelve a ellos como un ciclón y no les deja más alternativa que actuar”. En palabras de su autor, Cuando gritan los muertos trata de “una venganza y una guerra en donde no va a haber ni vencedores ni vencidos”.

La historia de esta venganza obliga a Gómez Escribano a volver al pasado, porque en ese tiempo está la referencia clave de la trama. “Además, quería contar algo del pasado: cuando llegó la Transición, había policías que no sabían qué iba a ser de ellos. Entre la Policía hubo un temor especial porque no sabían si los iban a fusilar o qué… Hubo muchos polis que hicieron atracos para acumular para el futuro y utilizaron a chicos que estaban metidos en la heroína y hasta se conchabaron con joyerías”, explica. “Esto sucedió en Madrid y en las grandes ciudades”, añade y remite al famoso caso de El Nani, al que relaciona con este tipo de situaciones.

Una vez que menciona esta base histórica de su novela, resulta inevitable reflexionar sobre que la Ley de Amnistía acabó con esas preocupaciones de los agentes de la dictadura y el escritor responde. “Claro, porque, al fin y al cabo, el poder es el poder. La Transición fue bastante oscura. Había una Brigada Político-Social que hostiaba a los rojos y el poder se dio cuenta de que tenían unos recursos humanos que les eran muy útiles; dejaron de hostiar a rojos y se dedicaron a hostiar a delincuentes”, dice y destroza en un párrafo las teorías sobre la modélica transición democrática.

Sin embargo, en Cuando gritan los muertos no se habla de política, al menos, no es una novela con tesis de ese tipo. “Hace poco en una presentación, dijeron que era una novela política. No meto ninguna reflexión política en mis novelas, aunque los lectores que tengan esa visión pueden entender. Para quien no tenga esa visión, están leyendo tramas entretenidas. Mis personajes no se plantean nada en términos políticos o de desigualdad social. Simplemente, actúan. Mis personajes son yonquis reconvertidos a alcohólicos porque no les queda otro remedio. Están ahí, aunque la mayoría han muerto”.

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